1929-1932: Capítulo 12. El comité ejecutivo, de la Historia de la Revolución Rusa.
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 185-205.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 1 de julio de 1998.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
El organismo creado en el palacio de Táurida
el 27 de febrero con el nombre de «Comité ejecutivo
del Soviet de Diputados obreros» tenía, en el fondo,
muy poco que ver con esta denominación que se asignaba.
El Soviet de Diputados obreros de 1905, con el cual se inició
el sistema, surgió de la huelga general como representante
directo de las masas en lucha. Los caudillos de la huelga se convirtieron
en diputados del Soviet. La selección de las personas que
lo componían se hizo bajo el fuego. El órgano directivo
fue elegido por el Soviet para la dirección ulterior de
la lucha. Y fue el Comité ejecutivo de 1905 el que acaudilló
y puso a la orden del día la insurrección.
La revolución de Febrero triunfó
gracias a la sublevación de los regimientos, antes de que
los obreros crearan los soviets. El Comité ejecutivo se
constituyó por sí mismo, antes del Soviet, sin la
intervención de las fábricas y de los regimientos,
después del triunfo de la revolución. Nos hallamos
en presencia de la iniciativa clásica de los radicales,
que se quedan al margen de la lucha revolucionaria, pero se disponen
a aprovecharse de sus frutos. Los caudillos efectivos de los obreros
estaban aún en la calle, desarmando a los unos, armando
a los otros, consolidando la victoria. Los mas perspicaces se
inquietaron al recibir la noticia de que en el palacio de Táurida
había surgido un Soviet de diputados obreros. De la misma
manera que la burguesía liberal, en espera de la revolución
palaciega que «se» iba a realizar, preparaba en otoño
de 1916 un gobierno de reserva con el fin de imponérselo
al nuevo zar en caso de éxito, los intelectuales radicales
formaban un subgobierno de reserva propio al triunfar el movimiento
de febrero. Y como todos ellos, por lo menos en el pasado, habían
participado en el movimiento obrero y tendían a cubrirse
con sus tradiciones, dieron a su engendro el nombre de «Comité
ejecutivo del Soviet.» Era una de aquellas falsificaciones
semideliberadas, semiinconscientes, de que está llena la
historia, la de los alzamientos populares inclusive. Cuando los
acontecimientos toman un giro revolucionario y se rompe la continuidad
jurídica, las clases «cultas» que quieren llegar
al poder se agarran de buena gana a los nombres y símbolos
ligados con los recuerdos heroicos de las masas. Gustan de cubrir
con el manto de la palabra la verdadera realidad de las cosas,
sobre todo cuando esto responde a los intereses de las clases
influyentes. La enorme autoridad conquistada por el Comité
ejecutivo ya en el mismo día de constituirse se basa en
la ficción de que venía a recoger la herencia del
Soviet de 1905. El Comité, sancionado por la primera Asamblea
caótica del Soviet, ejerció luego una influencia
decisiva tanto en la composición de este último
como en su política. Esta influencia era tanto más
conservadora cuanto que ya no podía realizarse la selección
natural de los representantes revolucionarios garantizada por
la atmósfera candente de la lucha. La insurrección
había pasado, todo el mundo estaba embriagado por el triunfo,
la gente se disponía a organizar las cosas de un modo nuevo.
Fueron necesarios meses enteros de nuevos conflictos y de lucha
y de nuevas circunstancias, con las modificaciones personales
resultantes de ello, para que los Soviets, que en un principio
no era más que unos órganos que venían a
coronar el triunfo después de la insurrección, se
convirtiesen en órganos auténticos de lucha y de
preparación de un nuevo alzamiento. Creemos necesario insistir
en este aspecto de la cuestión con tanta mayor razón
cuanto que hasta ahora se ha dejado en la sombra.
Pero no fueron sólo las condiciones
en que aparecieron el Comité ejecutivo y el Soviet las
que determinaron su carácter moderado y conciliador: había
causas más profundas y permanentes que obraban en el mismo
sentido.
En Petrogrado estaban concentrados más
de ciento cincuenta mil soldados y por lo menos cuatro veces más
obreros y obreras de todas las categorías. No obstante
por cada dos delegados obreros había en el Soviet cinco
soldados. Las normas de representación tenían un
carácter extraordinariamente elástico. Todo se hacía
para complacer a los soldados. Mientras que los obreros elegían
un representante por cada mil electores, los pequeños destacamentos
enviaban a menudo dos. El uniforme gris de los soldados se convirtió
en el color dominante en el Soviet.
Pero aun entre los delegados civiles no todos
eran elegidos por los obreros. Al Soviet fueron a parar no pocas
personas por invitación individual, por protección
o, sencillamente, gracias a sus intrigas; muchos abogados y médicos
radicales, estudiantes, periodistas, que representaban a distintos
grupos problemáticos, y que no pocas veces no tenían
más mandante que sus propias ambiciones. Esta falsificación
evidente del carácter del Soviet era tolerada de buen grado
por los dirigentes, los cuales no veían inconveniente alguno
en rebajar la esencia excesivamente fuerte de las fábricas
y cuarteles con el jarabe tibio de la pequeña burguesía
ilustrada. Muchos de estos elementos de aluvión, buscadores
de aventuras, impostores y charlatanes habituados a la tribuna,
apartaron durante mucho tiempo con sus codos a los obreros silenciosos
y a los soldados indecisos.
Y si así ocurría en Petrogrado,
no es difícil imaginarse lo que sería en provincias,
donde el triunfo se obtuvo sin ningún género de
lucha. Todo el país estaba lleno de soldados. Las guarniciones
de Kiev, Helsingfors y Tiflis no eran numéricamente inferiores
a la de Petrogrado; en Saratov, Samara, Tambov, Omsk se concentraban
de sesenta a ochenta mil soldados; en Yaroslav, Yekaterinoslav,
Yekaterinburg, unos sesenta mil y en otra serie de ciudades, cincuenta,
cuarenta y treinta mil. En las distintas localidades la representación
soviética no estaba organizada de un modo uniforme, pero
los soldados gozaban en todas partes de una situación de
privilegio. Políticamente, esto era fruto de la tendencia
de los propios obreros a complacer en lo posible a los soldados.
Los dirigentes hacían lo mismo con respecto a los oficiales.
Además del número considerable de tenientes y sargentos,
elegidos por los soldados, solía otorgarse, sobre todo
en provincias, una representación especial a la oficialidad.
Resultado de esto era que los elementos del ejército tuviesen
en muchos soviets una mayoría aplastante. Las masas de
soldados que no habían adquirido aún la fisonomía
política propia marcaban, a través de sus representantes,
la fisonomía de los soviets.
Toda representación entraña
un germen de desproporción. Esta desproporción se
acentúa de un modo muy especial a raíz de una revolución.
En los primeros momentos, los diputados de los soldados, políticamente
confusos, eran muchas veces elementos completamente ajenos a sus
intereses y a los de la revolución, intelectuales y semiintelectuales
de toda laya que se refugiaban en las guarniciones del interior
y que, por este motivo, se manifestaban como patriotas extremos.
Así se creó una divergencia entre el estado de espíritu
de los cuarteles y el de los soviets. El oficial Stankievich,
acogido por los soldados de su batallón sombría
y recelosamente, habló con éxito en la sección
de los soldados sobre el tema agudo de la disciplina. «¿Por
qué en el Soviet -se preguntaba- el estado de espíritu
es más suave y agradable que en el batallón?»
Esta ingenua perplejidad atestigua una vez más lo difícil
que resulta para los sentimientos auténticos de abajo abrirse
paso hacia las alturas.
Sin embargo, ya a partir del 3 de marzo los
mítines de soldados y obreros empiezan a exigir del Soviet
que destituya inmediatamente al gobierno provisional de la burguesía
liberal y se haga cargo del poder. Esta iniciativa parte, como
tantas otras, de la barriada de Viborg. ¿Acaso podía
haber una demanda más comprensible para las masas? Pero
esta agitación no tardó en ser interrumpida, no
sólo porque los defensores de la patria le opusieron una
resistencia encarnizada, sino porque, y esto era lo peor, la dirección
bolchevique ya en la primera mitad de marzo se inclinaba de hecho
ante el régimen de la dualidad de poderes. Y, fuera de
los bolcheviques, nadie podía plantear en toda su crudeza
el problema de la toma del poder. Los militantes de Viborg tuvieron
que batirse en retirada. Sin embargo, los obreros petersburgueses
no tuvieron confianza ni un instante en el nuevo gobierno, ni
lo consideraban como propio. Pero tenían la atención
fija en el estado de espíritu de los soldados y se esforzaban
en no oponerse de un modo excesivamente acentuado a estos últimos.
Los soldados, que no hacían más que deletrear las
primeras fases de la política, aunque, como buenos campesinos,
no daban crédito a los señores, escuchaban atentamente
a sus representantes, los cuales, a su vez, se inclinaban respetuosamente
ante los prestigiosos prohombres del Comité ejecutivo.
Por lo que a estos últimos se refiere, no hacían
otra cosa que observar inquietos el pulso de la burguesía
liberal. Y esta pulsación de abajo arriba era la que daba
el tono... hasta nueva orden.
Sin embargo, el estado de espíritu
de la masa brotaba a la superficie, y la cuestión del poder,
retirada artificialmente, se reproducía una y otra vez,
aunque en forma disimulada. «Los soldados no saben a quién
escuchar», se lamentan las barriadas y las provincias, haciendo
llegar de este modo hasta el Comité ejecutivo el descontento
producido por la dualidad de poderes. Las delegaciones de las
escuadras del Báltico y del mar negro declaran el 16 de
marzo que sólo tomarán en cuenta al gobierno provisional
en tanto que éste marche de acuerdo con el Comité
ejecutivo. En otros términos, que no están dispuestos
a tomarle en cuenta para nada. Esta nota va acentuándose
de un modo cada vez más insistente. «El ejército
y la población sólo deben someterse a las disposiciones
del Soviet», decide el regimiento de reserva 172, e inmediatamente
formula el teorema inverso: «No hay que someterse a las disposiciones
del Soviet, que se hallen en contradicción con las del
gobierno provisional.» El Comité ejecutivo sancionaba
este estado de cosas, a la par con un sentimiento de satisfacción
y de inquietud. El gobierno lo soportaba rechinando los dientes.
Tanto al uno como al otro, no les quedaba más recurso que
aguantarse.
Ya a principios de marzo, surgen soviets
en todas las ciudades y centros industriales importantes, desde
donde, en el transcurso de las semanas próximas, se extienden
por todo el país. Las aldeas no empiezan a seguir este
camino hasta abril y mayo. En un principio, es casi siempre el
ejército quien habla en nombre de los campesinos.
El Comité ejecutivo del Soviet de
Petrogrado adquirió, naturalmente, una significación
nacional. Los demás soviets imitaron a la capital, y, uno
tras otro, fueron tomando acuerdos sobre el apoyo condicional
que había de prestarse al gobierno provisional. Si bien
en los primeros meses las relaciones entre el Soviet de Petrogrado
y los de provincias se desarrollaban sin conflictos ni desavenencias
de monta, la situación dictaba la necesidad de una organización
nacional. Un mes después del derrumbamiento de la autocracia,
fue convocada la primera asamblea de soviets, a la cual acudió
una representación incompleta y unilateral. Y aunque de
las ciento ochenta y cinco organizaciones representadas, los dos
tercios estaban compuestos de soviets locales, se trataba principalmente
de soviets de soldados; con los representantes de las organizaciones
del frente, los delegados militares, principalmente los oficiales,
tenían una aplastante mayoría. Se pronunciaron discursos
sobre la guerra hasta el triunfo final, y resonaron gritos contra
los bolcheviques, a pesar de la conducta más que moderada
seguida por estos últimos. La Asamblea completó
con dieciséis representantes conservadores de provincias
el Comité ejecutivo, legitimando así su carácter
nacional.
El ala derecha se reforzó aún
más. En lo sucesivo, se asustará con frecuencia
a los descontentos con las provincias. Las normas acordadas ya
el 14 de marzo sobre la composición del Soviet de Petrogrado,
casi no se llevaron a la práctica. Al fin y al cabo, no
era el Soviet local el que decidía, sino el Comité
ejecutivo nacional. Los jefes oficiales ocupaban una posición
casi inviolable. Las resoluciones más importantes se tomaban
en el Comité ejecutivo, o, por mejor decir, en su núcleo
dirigente, después de un acuerdo previo con el núcleo
del gobierno. El Soviet quedaba al margen. Era considerado como
una especie de mitin: «No es ahí, no es en las Asambleas
generales donde se hace la política, y todos esos plenos
no tienen decididamente ningún valor práctico.»
(Sujánov). Estos árbitros de los destinos históricos
hinchados de suficiencia, entendían, por lo visto, que
los soviets, una vez que les habían confiado la dirección
de la política, y todos esos plenos no tienen decididamente
ningún valor práctico.» (Sujánov.) Estos
árbitros de los destinos históricos hinchados de
suficiencia, entendían, por lo visto, que los soviets,
una vez que les habían confiado la dirección de
la política, habían cumplido con su misión.
El próximo porvenir se encargará de demostrar que
no era así. La masa es muy paciente; pero, así y
todo, no es una arcilla con la cual se pueda hacer lo que se quiera.
Además, en las épocas revolucionarias aprende principalmente.
En esto consiste precisamente la principal virtud de la revolución.
Para comprender mejor el desarrollo sucesivo
de los acontecimientos hay que detenerse un momento a trazar la
característica de los dos partidos que desde el principio
de la revolución formaron estrecho bloque, dominando en
los soviets, en los municipios democráticos, en los Congresos
de la llamada democracia revolucionaria y llevando incluso una
mayoría, que, por lo demás, se iba derritiendo a
cada paso, a la Asamblea constituyente, último resplandor
de su fuerza agonizante, como el resplandor de ocaso en la cima
de una montaña iluminada por el sol poniente.
La burguesía rusa había venido
al mundo demasiado tarde para ser democrática. La democracia
rusa, impulsada por este mismo motivo, considerábase socialista.
La ideología democrática se había agotado
irremediablemente en el transcurso del siglo XIX. En los albores
del siglo XX, los intelectuales radicales, si querían tener
acceso a la masa, necesitaban presentarse a ella con un barniz
socialista. Tal fue la causa histórica general que determinó
la creación de dos partidos intermedios: los mencheviques
y los socialistas revolucionarios, cada uno de los cuales tenía,
sin embargo, su genealogía y su ideología propias.
Las ideas de los mencheviques se formaron
sobre la base del sistema marxista. Como consecuencia del atraso
histórico de Rusia, el marxismo no fue aquí, en
un principio, tanto una crítica de la sociedad capitalista
como una justificación fundamentada de la inevitabilidad
del desarrollo burgués del país. La historia utilizó
astutamente, cuando tuvo necesidad de ello, una teoría
castrada de la revolución proletaria, valiéndose
de ella para europeizar, con espíritu burgués, a
vastos sectores de la intelectualidad, narodniki. A los
mencheviques, que constituían el ala izquierda de la intelectualidad
burguesa les fue reservado un papel importante en este proceso.
Su misión consistió en atar a aquella intelectualidad
los sectores más moderados de la clase obrera, atraídos
por la actuación legal en la Duma y en los sindicatos.
Por el contrario, los socialrevolucionarios
combatían teóricamente al marxismo, aunque en parte
se dejaran influir por él. Se consideraban como el partido
llamado a realizar la alianza entre los intelectuales, los obreros
y los campesinos, bajo los auspicios, evidentemente, de la razón
crítica. En el terreno económico, sus ideas representaban
una mezcla indigesta de formaciones históricas diversas,
que reflejaban las condiciones contradictorias de la existencia
de los campesinos en un país que evolucionaba rápidamente
hacia el capitalismo. Los socialrevolucionarios se imaginaban
que la futura revolución no sería ni burguesa ni
socialista, sino «democrática»: ellos reemplazaban
el contenido social por una fórmula política. Por
consiguiente, este partido se trazaba una senda, que pasaba entre
la burguesía y el proletariado, y se asignaba el papel
de árbitro entre las dos clases. Después de febrero,
parecía a primera vista que los socialrevolucionarios se
habían acercado mucho a la posición a que aspiraban.
Ya desde la época de la primera revolución
tenía este partido raíces entre la clase campesina.
En los primeros meses de 1917, toda la intelectualidad rural se
asimiló la fórmula tradicional de los narodniki:
«Tierra y libertad.» A diferencia de los mencheviques,
que habían sido siempre un partido puramente urbano, los
socialrevolucionarios habían hallado, al parecer, un punto
de apoyo de una potencia extraordinaria en el campo. Es más,
dominaban incluso en las ciudades: en los soviets, a través
de las secciones de soldados, y en los primeros municipios democráticos,
en los cuales tenían mayoría absoluta de votos.
La fuerza del partido parecía ilimitada. En realidad, no
era más que una aberración política. El partido
por el cual vota todo el mundo, excepto la minoría que
sabe por quién vota, no es un partido, del mismo modo que
el lenguaje en que hablan los niños en todos los países
no es el idioma nacional. El partido de los socialrevolucionarios
aparecía como la solemne denominación de todo lo
que había de incipiente, de informe y de confuso en la
revolución de febrero. Todo aquel que no hubiese heredado
de su pasado prerrevolucionario motivos suficientes para votar
por los kadetes o los bolcheviques, votaba por los socialrevolucionarios.
Los kadetes se movían en el círculo cerrado de los
grandes industriales y terratenientes. Los bolcheviques eran aún
poco numerosos, incomprensibles, suscitaban incluso miedo. Votar
por los socialrevolucionarios era votar por la revolución
en general, y no obligaba a nada. En las ciudades, la adhesión
a este partido significaba la tendencia de los soldados a acercarse
a un partido que defendía a los campesinos, la tendencia
de la parte atrasada de los obreros a estar al lado de los soldados,
la aspiración de las gentes humildes de la ciudad a no
separarse de los soldados y campesinos. En este período,
el carnet de socialrevolucionario era un certificado provisional
que daba derecho a entrar en las instituciones de la revolución
y que conservó su fuerza hasta que fue sustituido por otro
carnet un poco más serio. No en vano se decía, hablando
de este gran partido, que lo englobaba todo, que no era más
que un inmenso cero.
Ya desde la primera revolución los
mencheviques sostenían la necesidad de aliarse con los
liberales, como consecuencia del carácter burgués
de la revolución, y colocaban esta alianza por encima de
la colaboración con los campesinos, a los cuales consideraban
como a aliados poco seguros. Los bolcheviques, por el contrario,
basaban toda la perspectiva de la revolución en la alianza
del proletariado con los campesinos contra la burguesía
liberal. Como quiera que los socialrevolucionarios se consideraban,
ante todo y sobre todo, como el partido de los campesinos, parece
a primera vista que había esperanzas que de la revolución
saliese la alianza de los bolcheviques con los narodniki
por contraposición al bloque de los mencheviques con la
burguesía liberal. En realidad, la revolución de
Febrero estructura las fuerzas a la inversa. Los mencheviques
y los socialistas revolucionarios actúan estrechamente
unidos, y completan esta alianza mediante el bloque pactado con
la burguesía liberal. Los bolcheviques se encuentran completamente
aislados, en el campo oficial de la política.
Este hecho, inexplicable a primera vista,
es completamente lógico. Los socialistas revolucionarios
no eran un partido campesino, a pesar de la simpatía que
en el campo despertaban sus consignas. El núcleo del partido,
el que determinaba su política efectiva y daba al gobierno
ministros y funcionarios, se hallaba mucho más ligado a
los círculos liberales y radicales de la ciudad, que a
las masas de campesinos insurreccionados. Este núcleo dirigente,
que se había dilatado enormemente, gracias a la afluencia
de arribistas, estaba mortalmente asustado ante las proporciones
tomadas por el movimiento campesino, que avanzaba tremolando las
consignas de los socialrevolucionarios. Los narodniki de
nuevo cuño sentían, naturalmente, gran simpatía
por los campesinos; lo que no veían con buenos ojos eran
el «gallo rojo» (1). El terror de los socialrevolucionarios
ante el campo en armas, era paralelo al terror de los mencheviques
ante el avance revolucionario del proletariado; en su conjunto,
el miedo de los «demócratas» era el reflejo del
peligro completamente fundado que representaba el movimiento de
los oprimidos para las clases poseedoras, englobadas en el campo
único de la reacción burguesa y terrateniente. El
bloque de los socialrevolucionarios con el gobierno del terrateniente
Lvov señaló la ruptura con la revolución
agraria, del mismo modo que el bloque de los mencheviques con
los industriales y banqueros tipo Guchkov, Terecheko y Konovalov,
equivalía a su ruptura con el movimiento proletario. En
estas condiciones, la alianza de los mencheviques y socialrevolucionarios
no significaba la colaboración en el gobierno del proletariado
y los campesinos, sino, por el contrario, la coalición
gubernamental de unos partidos que habían roto con el proletariado
y los campesinos en aras del bloque con las clases poseedoras.
De lo dicho se deduce con toda claridad hasta
qué punto era ficticio el socialismo de esos dos partidos
democráticos; lo cual no quiere decir, ni mucho menos,
que su democratismo fuese real y efectivo. Todo lo contrario,
precisamente, porque era el suyo un democratismo caquéxico,
necesitaba cubrirse con la máscara socialista. El proletariado
ruso luchaba por la democracia, en un antagonismo irreconciliable
con la burguesía liberal. Los partidos democráticos,
coaligados con la burguesía liberal, tenían que
entrar inevitablemente en pugna con el proletariado. He aquí
la raíz social de la encarnizada lucha que más tarde
había de librarse entre los colaboracionistas y los bolcheviques.
Reduciendo los procesos que dejamos esbozados
a su mecánica externa de clase, de la cual, naturalmente,
no se daban perfecta cuenta los afiliados ni aun los dirigentes
de los dos partidos colaboracionistas, obtenemos sobre poco más
o menos, el siguiente deslinde de funciones históricas.
La burguesía liberal no era necesaria para el desarrollo
burgués. De la gran burguesía se separan dos destacamentos,
formados por sus hermanos menores y sus hijos. Uno de estos destacamentos
fue enderazado hacia los obreros, el otro hacia los campesinos,
a quienes intentaban atraerse, respectivamente, pugnando por demostrarles
de un modo sincero y caluroso que eran socialistas enemigos de
la burguesía. De este modo adquirieron un ascendiente efectivo
sobre el pueblo. Pero pronto los efectos de sus ideas llegaron
más allá de donde a ellos les convenía. La
burguesía vio que se acercaba un peligro mortal y dio la
señal de alarma. Las dos filiales que se habían
separado de ella, los mencheviques y los socialrevolucionarios,
respondieron unánimemente al llamamiento de sus mayores.
Saltando por encima de las viejas desavenencias, se pusieron en
estrecho contacto y, volviéndose de espaldas a las masas,
corrieron en auxilio de la sociedad burguesa amenazada.
La inconsistencia y la mezquindad de los
socialrevolucionarios, causa asombro, aun comparada con los mencheviques.
Los bolcheviques los consideraron en todos los momentos álgidos,
sencillamente, como kadetes de tercera categoría. Por su
parte, los kadetes de tercera categoría. Por su parte,
los kadetes los trataban como a bolcheviques de tercera clase.
La segunda categoría les correspondía, en uno y
otro caso, a los mencheviques. La inconsistencia de la base y
el carácter indefinido de la ideología determinaron
la selección personal congruente: todos los jefes socialrevolucionarios
se distinguían por su superficialidad, su falta de concreción
y su sentimentalismo estéril. Sin exageración puede
decirse que cualquier bolchevique de filas daba pruebas de más
perspicacia política, es decir, de mayor percepción
para las relaciones entre las clases, que los jefes socialrevolucionarios
de mayor reputación.
Faltos de criterios sólidos, los socialrevolucionarios
propendían a los imperativos éticos. Huelga decir
que estas pretensiones morales no eran obstáculo para que
en la gran política manifestasen todas esas pequeñas
astucias y bribonerías tan características, en general
de los partidos intermedios sin base consistente, sin doctrina
clara y sin un auténtico eje moral.
En el bloque de los mencheviques y socialrevolucionarios,
el puesto dirigente correspondía a los mencheviques, a
pesar de que los socialrevolucionarios tenían una superioridad
numérica indiscutible. En este reparto de papeles se manifestaba,
a su manera, la hegemonía de la ciudad sobre el campo,
el predominio de la pequeña burguesía urbana sobre
la rural, y, finalmente, la superioridad ideológica de
la intelectualidad «marxista» sobre la que no profesaba
la sociología puramente rusa y ostentaba orgullosa la pobreza
de la vieja historia del país.
En las primeras semanas que siguieron a la
revolución, ninguno de los partidos de izquierda, como
ya sabemos, tenía en la capital un auténtico cuadro
dirigente. Los jefes universalmente reconocidos de los partidos
socialista se hallaban todos en la emigración. Los jefes
de segunda fila estaban en camino, desde el Extremo Oriente a
la capital. Esto obligaba a los dirigentes interinos de todos
los grupos a mantener un estado de espíritu circunspecto
y expectante que les acercaba. Durante esas semanas, ninguno de
los grupos dirigentes desarrolló sus pensamientos hasta
sus últimas consecuencias. La lucha de los partidos en
el Soviet tenía un carácter extremadamente pacífico:
diríase que se trataba de matices en el interior de una
misma «democracia revolucionaria». Es cierto que al
volver Tsereteli de la deportación (19 de marzo), el rumbo
soviético dio un recio viraje a derecha, proa a la responsabilidad
directa por el poder y por la guerra. También los bolcheviques,
a mediados de marzo, bajo el influjo de Kámenev y de Stalin,
que acababan de llegar de la deportación, se orientaron
marcadamente hacia la derecha de modo que la distancia entre la
mayoría soviética y la oposición de izquierda
era acaso menor a principios de abril que a principios de marzo.
La verdadera diferenciación empezó un poco más
tarde: incluso se puede precisar la fecha: fue el 4 de abril,
al día siguiente de llegar Lenin a Petrogrado.
El partido de los mencheviques tenía
al frente de sus distintas tendencias a una serie de figuras preeminentes,
pero no disponía ni de un solo jefe revolucionario. La
extrema derecha, acaudillada por los viejos maestros de la socialdemocracia
rusa, Pléjanov, Vera Zasulich y Deutch, ya había
adoptado una actitud patriótica bajo la autocracia. En
vísperas a la revolución de febrero, Plejánov,
que había degenerado lamentablemente, escribía en
un periódico americano que las huelgas y otras formas de
lucha de los obreros en Rusia eran, en aquellos instantes, un
crimen. Los sectores más extensos de los viejos mencheviques,
entre los que figuraban hombres como Mártov, Dan y Tsereteli,
se consideraban adscritos a las tendencias de Zimmerwald y declinaban
toda responsabilidad por la guerra. Pero el internacionalismo
de los mencheviques de izquierda, lo mismo que el de los socialrevolucionarios
izquierdistas, encubría en la mayor parte de los casos,
un oposicionismo democrático. La revolución de Febrero
reconcilió a la mayoría de esos «zimmerwaldianos»
con la guerra, en la cual veían ahora la defensa de la
revolución. El que de un modo más decidido abrazó
este camino fue Tsereteli, que arrastró consigo a Dan.
Martov, que al estallar la guerra se hallaba en Francia y que
no llegó del extranjero hasta el 9 de mayo, no podía
dejar de ver que sus correligionarios de ayer retornaban después
de la revolución de Febrero a la misma posición
de que habían partido Guesde, Sembat y otros, en 1914,
cuando tomaron sobre sus hombros la defensa de la república
burguesa contra el absolutismo germánico. Mártov,
que se hallaba al frente del ala izquierda de los mencheviques
y que no había conseguido representar ningún papel
importante en la revolución, mantenía una actitud
de oposición frente a la política de Tsereteli y
Dan, impidiendo, al mismo tiempo, que los menchevique de izquierda
se acercasen a los bolcheviques. El portavoz del menchevismo oficial
era Tsereteli, al que seguía indudablemente la mayoría
del partido. Los partidos prerrevolucionarios se aliaron sin dificultad
con los patriotas de Febrero. Sin embargo, Plejánov tenía
su grupo propio, un grupo completamente chauvinista, que se hallaba
fuera del partido y aun del Soviet. La fracción de Mártov,
que no llegó a salirse del partido, no tenía periódico
propio, como tampoco tenía política propia. Como
siempre, durante los grandes acontecimientos históricos,
Mártov se desconcertaba y se perdía en el vacío.
Lo mismo en 1917 que en 1905, la revolución apenas se apercibió
de que existía este hombre preeminente.
Casi automáticamente, fue nombrado
presidente del soviet de Petrogrado y luego del Comité
Central Ejecutivo, el que lo era de la fracción menchevique
de la Duma, Cheidse, quien en el cumplimiento de su deberes se
esforzaba en poner a contribución todas las reservas de
su inteligencia, cubriendo su constante falta de confianza en
sí mismo con chanzas superficiales. La Georgia montañosa,
país del sol, de los viñedos, de los campesinos
y de los pequeños aristócratas, con un reducido
tanto por ciento de obreros, había ido formando un amplio
sector de intelectuales de izquierda, ágiles, con temperamento,
pero que en su aplastante mayoría no se habían remontado
sobre el horizonte pequeño burgués. Georgia envió
diputados mencheviques a las cuatro Dumas, y en las cuatro fracciones
sus diputados desempeñaron el papel de prohombres. Georgia
se convirtió en la Gironda de la revolución rusa.
A los girondinos del siglo XVIII se les acusaba de federalismo;
los girondinos de Georgia, empezando por la defensa de la Rusia
una e indivisible, acabaron en el separatismo.
La figura más preeminente de la Gironda
georgiana era, indudablemente, el ex diputado de la segunda Duma,
Tsereteli, que, inmediatamente de regresar de la deportación,
se puso al frente no sólo de los mencheviques, sino de
toda la mayoría soviética de aquel entonces. Tsereteli,
que no era un teórico, ni siquiera un periodista, pero
sí un orador eminente, era un radical de tipo meridional
francés, que hubiera vivido como el pez en el agua en un
régimen de rutina parlamentaria. Pero había nacido
en una época revolucionaria y en su juventud se había
intoxicado con una dosis de marxismo. Desde luego, de todos los
mencheviques era el que manifestaba un mayor empuje frente a la
marcha de la revolución y una tendencia mayor a atar los
cabos. Precisamente por eso contribuyó más que otros
al fracaso del régimen de Febrero. Cheidse se sometía
por entero a Tsereteli, aunque había momentos en que le
asustaba su rectilínea lógica doctrinaria, que tanto
acercaba al presidiario revolucionario de ayer a los representantes
conservadores de la burguesía.
El menchevique Skobelev, que debía
su popularidad a su condición de diputado de la última
Duma, producía, y no sólo por su aspecto juvenil
exterior, la impresión de un estudiante que desempeñara
el papel de hombre de Estado en una representación familiar.
Skobelev se especializó en la represión de los «excesos»,
en la liquidación de los conflictos locales y, en general,
en la labor de ir tapando los agujeros del poder dual, hasta que
fue incluido en el gobierno de coalición de mayo con el
desventurado papel de ministro del Trabajo.
La figura más influyente entre los mencheviques era Dan, viejo militante del partido, considerado siempre como la segunda figura después de Mártov. Si el menchevismo estaba impregnado de las costumbres y el espíritu de la socialdemocracia alemana de la época de la decadencia, Dan parecía sencillamente un miembro del Comité del partido alemán, algo así como un Ebert de menos categoría. Un año después, el Dan alemán practicaba con éxito, en su país, la política que pretendiera practicar, con poca fortuna, el Ebert ruso. Pero las causas del éxito de aquél y del fracaso de éste, no deben buscarse en las personas, sino en las circunstancias.
Si en la orquesta de la mayoría del
soviet Tsereteli llevaba la batuta, Liber tocaba el clarinete
con toda la fuerza de sus pulmones y los ojos inyectados de sangre.
Liber era un menchevique de la Unión Obrera judía
(Bund), con un pasado revolucionario, hombre sincero, de gran
temperamento, muy elocuente, muy limitado y que se desvivía
por aparecer como un patriota inflexible y un hombre de Estado
férreo. Profesaba un odio mortal a los bolcheviques.
La falange de los líderes mencheviques
puede cerrarse con el ex bolchevique de la extrema izquierda Voitinski,
figura prestigiosa de la primera revolución, condenado
a trabajos forzados y que en marzo rompió con el partido,
con motivo de su actitud patriótica. Al afiliarse a los
mencheviques, Voitinski se convirtió, como era de rigor,
en un tragabolcheviques profesional. No le faltaba más
que el temperamento para igualar a Liber en su furor contra sus
ex correligionarios.
El Estado Mayor de los narodniki era
tan poco homogéneo como el de los mencheviques, pero mucho
menos valioso y relevante. Los llamados socialistas populares,
que constituían la extrema derecha, estaban capitaneados
por el viejo emigrante Chaikovski, que igualaba a Plejánov
por su chauvinismo, pero sin tener ni su talento ni su pasado.
A su lado se hallaba la anciana Brechskovskay, a quien los socialrevolucionarios
llamaba «la abuela de la revolución rusa», y
que aspiraba celosamente a convertirse en la madrina de la contrarrevolución.
El anarquista Kropotkin, anciano ya y que en su juventud había
tenido una cierta debilidad por los narodniki, se aprovechó
de la guerra para desautorizar lo que había enseñado
en el transcurso de casi medio siglo: el negador del Estado se
convirtió en un entusiasta abogado de la Entente, y si
combatía el poder dual ruso no era precisamente en nombre
de la anarquía, sino reclamando todos los poderes para
la burguesía. Pero estos ancianos representaban un papel
más bien decorativo, si bien corriendo el tiempo, durante
la guerra contra los bolcheviques, Chaikovski había de
acaudillar uno de los gobiernos blancos sostenidos por Churchill.
Ocupaba el primer lugar entre los socialrevolucionarios
Kerenski, hombre que carecía totalmente de pasado como
militante del partido. En nuestra exposición tropezaremos
más de una vez con esta figura providencial, cuya fuerza
e el período de la dualidad de poderes consistía
en personificar las debilidades del liberalismo aliadas con las
de la democracia. Su incorporación formal al partido de
los socialrevolucionarios no hizo variar la actitud despectiva
de Kerenski con respecto a todos los partidos: Kerenski se consideraba
el elegido directo de la nación. No olvidamos que también
el partido había dejado de ser, en aquellas horas, un partido,
para convertirse en un grandioso cero nacional, que encontró
su jefe adecuado en Kerenski.
Chernov, futuro ministro de Agricultura y
luego presidente de la Asamblea constituyente, era, indudablemente,
la figura más representativa del viejo partido socialrevolucionario
y no en balde se le consideraba como su inspirador, teórico
y jefe. Hombre de conocimientos considerables, pero no articulados
en unidad, leído más que ilustrado, Chernov tenía
siempre a mano una serie inacabable de extractos, adaptables a
cada caso, que tuvieran impresionada durante mucho tiempo la imaginación
rusa, sin enseñarle gran cosa. Sólo había
una cuestión para la que este jefe elocuente no tenía
respuesta: a quién conducía y a dónde. Las
fórmulas eclécticas de Chernov, sazonadas con moralejas
y poesías, congregaron durante algún tiempo a un
público heterogéneo, que en los momentos críticos
vacilaba siempre entre los distintos derroteros. Se explica que
Chernov opusiera sus métodos de formación de un
partido al «sectarismo» de un Lenin.
Chernov llegó del extranjero cinco
días después de Lenin: Inglaterra, después
de muchas vacilaciones, le dejó atravesar por sus dominios.
A los numerosos saludos con que fue recibido el Soviet, el jefe
del mayor partido contestó con un extenso discurso, a propósito
del cual Sujánov, que era socialrevolucionario a medias,
se expresa así: «No sólo yo, sino muchos otros
patriotas del partido socialrevolucionario, arrugaban el ceño
y meneaban la cabeza, viendo el modo cómo hablaba, su extraña
afectación declamando sin fin, con los ojos en blanco y
sin decir nada concreto.» Toda la actuación de Chernov
durante la revolución había de desenvolverse a tono
con su primer discurso. Después de algunas tentativas para
oponerse desde la izquierda a Kerenski y Tsereteli, Chernov, cohibido
por todas partes, se rindió a discreción, se curó
de su zimmerwaldismo de emigrado y entró en la Comisión
de enlace, y más tarde en el gobierno de coalición.
Nada de lo que hacía caía bien. En vista de esto,
decidió adoptar una actitud inhibitoria. La abstención
a la hora de votar se convirtió para él en la fórmula
de su existencia política. Su prestigio, durante el período
que va de abril a octubre, fue derritiéndose aún
más rápidamente que las filas de su partido. A pesar
de las diferencias que mediaban entre Chernov y Kerenski, que
se odiaban mutuamente, ambos tenían sus raíces en
el pasado prerrevolucioario, en la fragilidad de la vieja sociedad
rusa, en aquella intelectualidad insulsa y pretenciosa que ardía
en deseos de ilustrar, tutelar y proteger a las masas populares,
pero que era absolutamente incapaz de percibir sus sentimientos,
de comprenderlos y de aprender de ellos, y sin la cual no cabe
verdadera política revolucionaria.
Avksentiev, exaltado por el partido a los
puestos más elevados de la revolución -presidente
del Comité ejecutivo de los diputados campesinos, ministro
del Interior, presidente del Preparlamento-, representaba ya una
verdadera caricatura de político: todo lo que se puede
decir de él es que era un seductor maestro de gramática
en el Instituto femenino de Orel. Verdad es que su actuación
política era mucho peor intencionada que su persona.
Gotz desempeñó, aunque entre
bastidores, un gran papel en la fracción de los socialrevolucionarios
y en el núcleo dirigente del Soviet. Terrorista, perteneciente
a una conocida familia revolucionaria, Gotz era menos pretencioso
y más práctico que sus amigos políticos más
cercanos, pero en su calidad de «práctico» se
limitaba a las cuestiones de cocina, cediendo a los demás
los grandes problemas. Hay que añadir, además, que
no era ni orador ni escritor, y que su principal recurso era su
prestigio personal, adquirido a costa de varios años de
trabajos forzados.
Y con esto, quedan nombrados ya, en sustancia,
todos los elementos dignos de ser mencionados entre los dirigentes
narodniki. Les siguen figuras ya completamente fortuitas,
como Filipovski, de quien nadie podía explicarse por qué
se había elevado hasta las cimas mismas del Olimpo de Febrero;
suponemos que desempeñaría un papel decisivo en
esta carrera su uniforme de oficial de Marina.
Al lado de los jefes oficiales de los dos partidos dominantes en el Comité ejecutivo, había no pocos elementos aislados, que habían participado en los orígenes del movimiento en sus distintas etapas, hombres que mucho ante de la revolución se habían apartado de la lucha y que ahora después de volver precipitadamente a ella bajo las banderas de la revolución triunfante, no se apresuraban a someterse al yugo de ningún partido. En todas las cuestiones fundamentales, estos elementos seguían a la mayoría del Soviet. En los primeros tiempos desempeñaban incluso el papel directivo. Pero a medida que iban llegando del destierro y de la emigración los jefes oficiales, los sin partido quedaban relegados a segundo término; la política tomaba formas más definidas y los partidos iban recobrando sus derechos.
(1) Se daba el nombre de «gallo rojo»
a los incendios de las casas señoriales por los campesinos.
[NDT.]